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Coincidencias entre la religión cristiana y la egipcia.


Hace un tiempo atrás me puse a leer, a propósito de un documental que vi, sobre la religión egipcia. El documental trataba de las coincidencias existentes entre Jesucristo y otros dioses de otras religiones. Podemos destacar por ejemplo el zoroastrismo –figura de Zoroastro-, el judaísmo –figura de Elías o Abraham-, la religión hindú –Krishna-, el budismo –Buda-, el mismo Juan Bautista, o el caso de Mahoma, que es posterior a Cristo.

La cosa, es que el documental planteaba que todas ellas adoran al iluminado, al sol, al cielo, etcétera, y en todas ellas se terminó humanizando la figura divina. Pero el tema que más me causó una cierta inquietud es el de los egipcios, donde las coincidencias van un poco mas allá. Es lo que explicaré a continuación…

En la religión egipcia, son 3 dioses los más importantes:

1: Ptah: Que es el maestro de la magia, “el maestro constructor.”

2: Amón: El Oculto, es el símbolo del poder creador. Es el Dios más fuerte, y es el padre de todos los vientos

3: Ra: Gran Dios y Demiurgo –entidad que sin ser creadora es impulsora del universo y alma universal.- Ra es el Dios solar de la Heliopolis, es el símbolo de la luz solar, dador de vida, así como responsable del ciclo de la muerte y la resurrección.

Como podemos darnos cuenta, se asimilan a la Santísima Trinidad de esta manera:

a) Ptah = Cristo: Cristo también es un “maestro constructor” -Es un carpintero, ver mi ensayo “Jesucristo: El gran maestro carpintero que todos podemos ser.”- Jesucristo también puede ser considerado, especialmente por los mas escépticos, como un “maestro de la magia” por los milagros.

b) Amón = Dios Padre: El oculto, quien nadie ve, pero está presente en todas partes. Es muy fuerte, posee fuerza creadora, -El creó el universo desde la perspectiva cristiana- el ser padre de todos los vientos justificaría la omnipotencia y omnipresencia que tiene Dios bajo la perspectiva cristiana.

c) Ra = Espíritu Santo: Es obvio, el Espíritu Santo es el que “impulsa” a los apóstoles el día de Pentecostés a anunciar la palabra de Cristo. Es responsable de la resurrección de Jesús, del ciclo de la vida y la muerte, de la salvación, y de la fe. Es quien entrega virtudes al humano. Llama la atención la luz solar en la cabeza de Ra, tal como las llamas de Pentecostés, o como las aureolas que están sobre la cabeza de los santos cristianos –herencia egipcia- y también el hecho de que Ra sea un ave, ya que hay que recordar que el Espíritu Santo llegó en una paloma blanca, que se parece mucho a la figura de Ra.

Por otro lado, en las representaciones del Dios Ra, este sostiene un bastón en una de sus manos, y en la otra sostiene la figura del Ank –muy parecida a una cruz cristiana- El bastón representaría a Dios, y Cristo figuraría con el Ank.

Estos pequeños detalles dejarían de manifiesto una similitud entre la Santísima Trinidad del cristianismo más tradicional y los 3 principales dioses del Antiguo Egipto. ¿Será solo coincidencia?

Puede ser que en base a lo anterior, para los egipcios Ra es la unión de las figuras de Amón y Pteh. Si acepamos esto, la unión de Dios y el Hombre (Cristo) es el Espíritu Santo, representando Jesús el lado material, Dios el lado racional y el Espíritu Santo el lado espiritual. La figura más común de Egipto, la pirámide, nos reflejaría que esto es igual en todos lados, miren por donde lo miren, esta trinidad será siempre igual. Otra figura curiosa de 3 puntas es el “ojo que todo lo ve” figura que según dicen representa a la divinidad.

Puedo concluir, que el espíritu trasciende sobre la materia y la razón, pero solo en el caso en que estas se mantengan unidas en equilibrio, armonía y amor. Quizás si seguimos esta regla, los seres humanos también podamos crear un demiurgo, como lo es el Espíritu Santo

El profeta.

Estaba sentado el viejo, con su larga barba y su capa al viento. El sol iluminaba sus ojos, que resplandecían de una manera especial, resaltando el brillo de sus azules ojos, que daban a notar una profundidad de conocimiento que emocionaba a sus jóvenes discípulos, los que estaban sedientos del conocimiento que el buen anciano les podía entregar. Demostraba una tranquilidad increíble, su forma de hablar emocionaba alegremente a sus interesados alumnos. El viejo dejó de hablar, y mira súbitamente las montañas, que destacaban en el fondo del campo de reunión. Se escuchó el silencio. El anciano abrió sus brazos, dándoles la espalda. Cerró los ojos y dijo ante la interesada mirada de sus jóvenes feligreses:

-La vida se ha ido alargando, pero poco a poco, y cada vez que miramos la montaña, podemos darnos cuenta de que somos eternos. La montaña es como la muerte, nos limita a ver más allá.

Uno de ellos, el más interesado en aprender y en adquirir aquellos nobles conocimientos del anciano, lo mira con desconfianza. No parece creer en las palabras que dice el viejo, especialmente los temas referentes a las experiencias post-mortem y a la trascendencia del ser. Entonces, decidió tomar una decisión que cambiará el curso de la sabiduría.

-¿Cómo usted nos puede asegurar que después de esa montaña hay algo mas allá?
–Dijo el discípulo, en tono burlesco.

-Simplemente, mi querido aprendiz, debes buscar el por qué el sol se esconde en ese lugar. Y no yendo a la montaña, sino viendo tu luz interior, que aún veo oculta dentro de ti, ya que no te permite mirar la realidad mas allá de sus apariencias. –Explicó el viejo, condescendiente con el joven muchacho.

-Creo que la certeza está dada por los sentimientos, los que percibimos a través del sentir y por nuestra experiencia. Eso es lo que determina la realidad. ¡Lo tangible! –Se defendió el discípulo.

-Cuán equivocado estás, hijo mío. No se siente de la misma forma una roca al mirarla, que al tocar las con las manos o al recibirla con la cabeza. ¡Las cosas cambian, y pueden superar la materia, pero siguen siendo reales a pesar de no ser evidentes! –Respondió indignado el anciano.

-No estoy de acuerdo maestro. Para mi, lo evidente está aquí, y es lo que podemos percibir. Y para demostrárselo, lo reto a un desafío… Le propongo escalar la montaña en el momento cuando se esconda el sol, para que lleguemos al otro lado de la montaña, comprobando de esta manera que perdemos nuestro tiempo al pensar que después de la montaña hay mucho por descubrir. ¡No es así!, ¡No olvidemos ni descuidemos nuestra realidad por querer ser eternos! –Dijo en tono agresivo el discípulo.

-Acepto el desafío, temerario joven. Solo espero que puedas superar a este humilde anciano. –Dijo el profeta, de forma serena.

Ninguno de los dos esperaba lo que estaba a punto de suceder. Para bien o para mal, con cada atardecer, siempre hay algo que cambia en el mundo, y que jamás volverá a ser igual.

Llegó el atardecer. Llega el viejo profeta de aspecto simple y sereno, y a su vez, el joven aprendiz, de forma impetuosa y muy curiosa, observando su entorno. Se miran fijamente, y comienzan a escalar. El camino era muy complicado. Había mucha maleza, rocas, y escombros, que les dificultaban el camino. Aun así, el profeta no perdía la calma, ni tampoco su discípulo perdía su atrevimiento, su osadía, ni su ímpetu. A pesar de lo dificultoso que resultaba ser, lograron llegar arriba, a la cúspide de la montaña, después de eternos minutos de caminar, escalar y subir.

-Aquí está bien. Hemos llegado, hijito mío. –Dijo el anciano.

-Bueno, es la hora de saber la verdad de la existencia humana. –Respondió con arrogancia el joven.

-El sol se está escondiendo, pero en la montaña de más allá. Si quieres ir en búsqueda de su luz, debes consultar tu interior, porque el camino físico para conseguirlo es tan interminable y lleno de límites como la existencia humana, limitada por uno mismo y por otras montañas. –Explicaba el profeta a su aprendiz.

-Solo por el camino empírico puedo descubrir la realidad. –Respondió orgullosamente el discípulo.

-Escupe al cielo y te caerá en los ojos, amado aprendiz. –Dijo el maestro, al apuntar al sol, que seguía tratando de esconderse más allá de la montaña.

En eso, la luz del sol aumentó. Y el joven discípulo perdió la vista de manera repentina, por la intensidad de la luz.

-Ahora, entenderás que la luz vive en ti. –Dijo compasivamente el profeta.

-¡No puedo aceptarlo! –Gritó el joven.

-Descubre lo esencial de la vida. La realidad sigue existiendo. Más allá de los sentidos hay otros sentimientos, esa es la luz de tu eternidad. Pero tu cuerpo es la montaña. ¡Se libre hijo mío, encuentra tu luz!, ¡Deja que tu espíritu amanezca!, ¡Y que el sol que hay dentro de ti ilumine al mundo! –Replicó enérgicamente el anciano maestro, mientras ponía la palma de su mano derecha sobre la espalda del joven, empujándolo al vació.

Se sintió un grito seco. Y cuando sonó su cuerpo al reventar en tierra firme, la noche cubrió de sombras todo el lugar… El sol había pasado a la historia. El viejo se quedó ahí, reflexionando de manera pacífica. Su cuerpo irradiaba paz a todo su entorno.

Cuando al otro día amaneció, el alma del discípulo conjugada con el sol irradió vida a todos los lugares del orbe. Como tantos otros, comprobó, al dar su vida, la eternidad del ser, la trascendencia humana mas allá de lo que se entiende por realidad. El hombre eterno es el que irradia vida, a pesar de que viva eternamente, o deje morir la materialidad.

El viejo bajó de la montaña, contento al saber que una persona en este mundo ha podido entender su palabra, y unirse con el infinito, irradiando vida y esperanza a todos los seres del universo.

-El tiempo y el espacio siguen siendo los espejismos que llamamos realidad. –Dijo el viejo profeta, esperando que este final quede abierto.

Ser y estar.

Resulta obvia la diferencia entre el ser y el estar, en lo que respecta a nuestro idioma. Sin embargo, tratando de ir mas allá, es realmente importante considerar estas palabras atendiendo al trasfondo de su enunciación. Quiero decir con esto, a lo que se refieren y qué consecuencias traen en la vida de las personas, en sus instituciones y en el buen entendimiento de la convivencia humana al largo de los años.

Quiero plantear la teoría especial de que tanto el ser como el estar se refieren a los hechos que determinan las situaciones o las actuaciones del hombre. Es decir, nos indican la naturaleza humana, que se desprende de su comportamiento y su identidad, principalmente. Queriendo decir con esto que, lo que el hombre es, y donde y como el hombre está, nos sirve para comparar al hombre con otros hombres, o bien estudiar la sociedad en su conjunto, o simplemente para ver que tan igual o desigual es el ser humano, o los grupos humanos en conjunto.

Por ejemplo, el hombre que busca determinar su estadía -palabra muy importante- o identificarse con un determinado territorio –factor lugar-, si busca dentro de este factor lugar reflejar una realidad presente o temporal dice “yo estoy”, pero si se refiere a de donde proviene, donde nació o de que ciudad o país viene, es decir una realidad atemporal o trascendente en el tiempo el dice “yo soy de”… Acá en el factor lugar nos damos cuenta que lo que importa es el espacio, el lugar físico, como el hombre se desenvuelve en un determinado territorio o lugar.

Por otra parte, centrándonos en el tiempo, también podemos darnos cuenta que cuando un hombre no busca la trascendencia en el lugar determinado dice “yo estoy en” o “yo voy a”, determinando con sus palabras una estadía, es decir, la no existencia de un ánimo de quedarse en ese lugar y decir, “yo soy de”, que reflejaría la atemporalidad y la trascendencia que busca el hombre al identificarse y comprometerse con un lugar.

Nos podemos dar cuenta que el lugar y el tiempo van de la mano, van determinados, y que la relación que tiene el hombre con estos tópicos o elementos, puede ser como la utilización de las herramientas que esos tópicos le entregan para construir su destino y por ende como el hombre se hace una sola cosa junto a su entorno –el yo soy-, o bien la utilización de esas herramientas para fines temporales, presentes y que puedan apoyar indirectamente al fin mayor del hombre que puede ser la trascendencia o la felicidad según sea la manera de pensar –el yo estoy-.

Estas teorías también se pueden comprobar en la utilización de las palabras con las cuales identificamos algunas instituciones o algunos sucesos. Por ejemplo, la palabra Estado nos refleja la importancia temporal que tiene esta institución. A pesar de que se busca mantener en el tiempo y es la institución protagonista de cualquier nación constituida conforme al derecho –sea cual sea la forma de Estado- Generalmente nos enseñan que el Estado es inmutable, que no cambia. Es lo que se busca. Pero no podemos hacer trascender en el tiempo una institución que está determinada según sea la realidad de la sociedad en un momento determinado, cítese ahí cualquier ciclo o cualquier explicación histórica de la mutación de las formas de Estado. Incluso estas formas de Estado se alteran en parte, aunque cambien muy poco, a través de las reformas constitucionales. Es decir, el Estado, tanto el antiguo como el moderno, esta destinado al cambio. Y esto es desde su creación, seguramente. Y seguramente por eso también lo bautizaron como “estado” que viene de estar, y como les señalaba, el estar determina la temporalidad, el presente, la no trascendencia a través del tiempo, está determinada o a ser abandonada esa forma de Estado que nos gobierna –o la que nos gobernó- o bien a mutar a través del tiempo, es decir no trascenderá. Porque va unida esa realidad al hombre, y el hombre del pasado no es igual al del presente ni mucho menos al del futuro. El Estado está condenado a mutar. No puede tener mejor nombre.

Sacando otras conclusiones, hay que tener en cuenta la propiedad que tenemos sobre las cosas y acciones que nos indican estos conceptos de ser y estar. Bueno, en primer lugar tenemos que darnos cuenta que lo que somos es completamente nuestro. Está muy ligado a la idea de tener. Es algo único, es algo nuestro, es inmutable y atemporal. Quiero decir con esto que nunca perderemos lo que somos, de donde venimos, donde nacimos, hacia donde vamos… en fin, el punto es que nunca perderemos todas esas cosas que determinan lo que somos, por que esas cosas son inherentes a la idea del ser. En todo lo que hay y que determina la idea del ser y lo que somos hay un “ánimo” de poseer, hay una potencia del alma que determina que nos identifiquemos con lo que somos, y que podamos entender que el yo soy es nuestra propiedad suprema, nuestro patrimonio mas íntimo.

En cuanto al estar, al ser temporalmente considerado, a nuestra relación con la realidad presente y cronológica, tenemos una especie de posesión. Por que si bien no somos dueños de nuestra realidad ni de nuestro presente, “estamos” ahí, aprovechamos la sabiduría que nos entrega el tiempo, tratamos de que el tiempo nos ayude a desenvolvernos en el lugar determinado y de aprender sobre lo que nos rodea, y sobre lo que buscamos entender. Comprender la importancia de nuestro medio. Las cosas que trascienden. El tiempo no trascenderá, el estar puede mutar, -a menos que queramos que se convierta en un ser y nos suicidemos- pero lo que importa es que todo lo que hagamos en el momento en que estemos en posesión de ese estar afectará y transformará nuestro ser, y las enseñanzas y factores accesorios que se adhieran a ese ser, crearán esa trascendencia suprema que se irá con nosotros cuando fallezcamos, y que nos llevaremos a nuestra tumba… pero nuestra esencia seguirá flotando por que nuestro ser trascendente se hará eterno… siempre y cuando nosotros queramos darle ese sentido a nuestra propiedad que tenemos sobre nuestro ser en el momento que vivamos en el presente, en el estar. De nosotros depende cambiar nuestras circunstancias.