Óleo Desértico.


Y ese día me propuse echarle otra pincelada a la tela. Para prenderla con pintura y entregarle vida, tal vez, entregarle mi vida perdida después de tantas noches de batalla en la vieja ciudad destruida del noroeste. Y es que me involucre en una guerra que sabía que estaba perdida, ya que la luna llena de las noches de Bagdad me lo indicó así. La áspera arena se pegaba en la pintura, y la tela se empezaba a demacrar. Pero no tan demacrada si comparamos el pedazo de trapo con mi espíritu. Si, mi espíritu, el si que estaba demacrado, destruido. Y es que tantas vidas inocentes he teñido de rojo a costa de una guerra que esta perdida. He matado mujeres, niños, ancianos, civiles inocentes. Y del objetivo que hemos venido muchos a buscar, nada. Yo vine aquí por necesidad, por acción, porque soy un aventurero de la vida fácil, un cazador de caras y sellos, mi vida gira en torno a la apuesta diaria que consiste en las dos caras de la divisa de la existencia. O la vida o la muerte.

Así sigo pintando este cuadro, mientras sigo pensando en el poblado de personas inocentes que arrase hoy día en conjunto con mi amigo Antonio Cabrales. Y es que Antonio estaba feliz, el ama la sangre. Y el me motivo a venir aquí, y yo, como buen artista, quise motivar mi inspiración viviendo la acción de la guerra, el vicio de matar, sentir el sentimiento que produce en nosotros el asesinar, el aniquilar a sangre fría al prójimo, el descargar tu ira contra los inocentes. Y es que de eso me siento profundamente arrepentido.

Como te iba diciendo, entramos a un pequeño poblado al norte de Irak, como a 57 kilómetros de Bagdad. Me conmovía con el rostro de la gente que habitaba el desierto, pequeños niños jugando con tierra, señoras lavando ropa en un pequeño canasto hecho de un material que parecía piel de camello. Y yo me sorprendía cada vez mas al ver las caras de esperanza en el rostro de los habitantes del lugar. Y me sentía muy bien, me sentía como el salvador, un grano de esperanza en sus vidas destruidas por el régimen de Hussein. Pero pronto la esperanza se convirtió en locura. A los minutos, mi teniente dio la orden para disparar gases químicos jamás usados contra los civiles, para experimentar una nueva arma química. Y así fue, nos dispusimos a disparar contra las personas, y poco a poco la gente fue cayendo al suelo. Se desplazaban como ratas, corriendo desesperadamente de un lugar a otro, se revolcaban como serpientes, gritaban, corrían, y sus morenos cuerpos sucumbían y se derretían con el extraño líquido corrosivo. Una imagen, atroz.

Y así fue como de pronto llegaron unos químicos franceses en un helicóptero, y empezaron a recoger los restos que quedaron. Yo no me había dado cuenta, pero cuando dejé de ver la cortina de humo que causaron las explosiones y que no me permitían distinguir bien tamaño desastre, vi que no habían cuerpos humanos, sino que líquidos de colores. Unos extraños líquidos, que parecían aceite, de muchos colores. Me explicaba un químico que el arma consistía en que al ser lanzada contra las personas, esas bombas causaban una transformación atómica en el cuerpo de sus victimas, las cuales de tener una forma sólida, pasaban a convertirse en aceite, y para ser mas específico, en óleo, es decir, en pintura. Yo me pregunté, ¿De que dependía el color de la pintura? Y me respondieron que dependía de las personalidades, del sexo, la edad, y otros factores humanos. Por ejemplo si la persona era buena, joven, mujer y tímida, de seguro por su timidez y sus características se trataría de una tonalidad pastel y clara; pero si hablábamos de un hombre, vil, despiadado, mayor de edad y atrevido, de seguro se trataría de un color oscuro, mas cercano al tono de los grises. Eso es porque trabajamos mucho también con el ph de las personas, y además que atribuimos a través del ph ciertas características de los humanos, para lograr colores.

Yo me quede pensando, en que harían después con esos colores que ellos recolectaban. Y ahí cuando vi que habían recogido todos los colores en una paletita, esos oleos que alguna vez tuvieron vida y personalidad, y que estaban combinados con la arena del desierto, me atreví a preguntar… ¿Qué es lo que harán con los óleos?

Bueno, fácil, me respondió el científico que esos oleos tenían unas facultades muy atractivas al ojo humano, que causaban una cierta impresión, era como si tuvieran personalidad por si mismas, que los colores tenían vida, y eso hacia que las pinturas fueran mas atractivas. Y como sabemos que el arte en el mundo esta muriendo, es bueno que se fomente el arte de esta manera, ya que va a causar una mayor impresión en los seres humanos, y todos empezaran a comprar más y más cuadros, fomentando así el arte que esta tan alicaído por estos días. Y lo más importante es que nadie sabrá que está pintando con cadáveres. Mi amigo, ese fue el objetivo por el cual estamos en esta misión, no por petróleo, ni por interés geopolítico, ni ninguna de esas boberías, sino para fomentar el arte, y “humanizarlo” mas.

No te niego que en ese momento me pareció una idea espantosa, pero mi amigo, Alfonso Cabrales, le pidió al científico que le regalara unos oleos para poder pintar. Las que se las concedió con mucho placer. El científico dijo que iba a vender las pinturas por todo el mundo, y así se despidió de nosotros y partió al avión junto a los demás científicos. Sin antes dejarnos recipientes, y algunas bombas, las cuales nos dijo que las usáramos con placer y que por haber entendido el verdadero concepto del arte contemporáneo nos las regalaba.

De esta manera fue como con Alfonso nos vimos metidos en esta encrucijada de necrofilia y malas acciones, por las cuales recorrimos casi todo el noroeste de Irak azotando poblados en una camioneta, y, por supuesto, recolectando oleos.

Todas las noches, desde aquel día, en que por primera vez pinté con los residuos oleosos de mis víctimas sentí la desesperación de seguir y seguir haciéndolo, y seguir y seguir matando. No por mi nación, ni por mi cultura, ni mucho menos por mi presidente, sino por el sabroso placer de ver mis telas terminadas y sentir los sentimientos de cada una de las personas que descansan en mis telas. Y, por supuesto, el placer de enviar esas telas a otros lugares del orbe, donde son expuestas, y millones de personas se conmueven con “el sufrimiento de la gente en Irak”, o “ver los sentimientos del pintor-soldado impregnados en la tela” y todas esas burdas fantasías. Y es que el arte tiene vida, pero a costa de cuantas muertes…y de cuantas pinceladas rojas mas.

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